Si alguna vez has mirado la etiqueta de una pasta de dientes y te has encontrado con nombres imposibles, no estás solo. Y si encima has oído hablar de los disruptores endocrinos, es normal que te entre la duda: “Vale… ¿esto qué es y qué pinta en mi baño?”. Vamos por partes, con calma y con información de la buena.
Qué son los disruptores endocrinos
El sistema endocrino es, simplificando mucho, el “WhatsApp” de tus hormonas. Envía mensajes que regulan un montón de cosas: crecimiento, metabolismo, sueño, estado de ánimo, fertilidad, tiroides… la lista es larga.
Los disruptores endocrinos son sustancias químicas capaces de interferir con ese sistema hormonal. La Organización Mundial de la Salud los describe como compuestos externos al cuerpo (o mezclas) que alteran la función endocrina y pueden provocar efectos adversos en un organismo o incluso en su descendencia. La Agencia Europea de Sustancias Químicas lo explica de forma muy directa: son sustancias que pueden interferir con el sistema hormonal y producir efectos nocivos en humanos y fauna.
Cómo nos afectan los disruptores endocrinos
Aquí viene lo importante: con las hormonas no siempre funciona la lógica de “cuanto más, peor”. En endocrinología existe la idea de ventanas de mayor sensibilidad, como el embarazo, la infancia y la pubertad. En esos periodos, pequeñas interferencias pueden tener más impacto.
La literatura científica y organismos llevan años señalando asociaciones entre exposición a disruptores endocrinos y efectos en reproducción, tiroides, desarrollo, y también en algunos procesos relacionados con metabolismo y determinados cánceres hormonodependientes (la evidencia varía según sustancia, dosis y contexto).
Ojo: “asociación” no siempre significa “causa directa”. En salud pública se habla mucho de riesgo (lo probable) y peligro (lo que podría pasar). Aun así, como la exposición suele ser diaria y acumulativa (cosmética, envases, alimentos, polvo doméstico…), tiene sentido que mucha gente quiera reducir la carga total cuando se puede.
Qué tiene que ver con las pastas de dientes
La pasta de dientes no suele ser la fuente principal de exposición a disruptores endocrinos… pero tiene dos peculiaridades:
- La usas todos los días, dos o tres veces.
- Puede haber ingestión involuntaria, sobre todo en niños (aunque escupamos, siempre queda algo).
Además, algunas fórmulas han incluido (o incluyen) ingredientes que, por su perfil toxicológico o por debate científico, aparecen en conversaciones sobre disrupción endocrina.
Cómo elegir una pasta de dientes sin disruptores endocrinos
La clave es no convertir la compra en un examen de química, pero tampoco hacerlo a ciegas.
- Lee el INCI: si aparece triclosan, ya sabes por dónde va el tiro.
- Si quieres evitar conservantes controvertidos, busca que ponga “sin parabenos” y confirma en ingredientes (propylparaben, butylparaben…).
- No sacrifiques eficacia anticaries: que sea “natural” no la hace mejor para tu esmalte.
- Si compras para niños, prioriza una pasta infantil con la cantidad de flúor adecuada para su edad y supervisa el cepillado para minimizar la ingestión.
Hay quien, al buscar “sin disruptores endocrinos”, acaba cayendo en pastas “sin químicos” que también son sin flúor. Y ahí sí que conviene frenar.
Para prevención de caries, el flúor sigue siendo una herramienta clave en odontología. Si tu riesgo de caries es medio/alto (historial, ortodoncia, boca seca, etc.), una pasta sin flúor puede salirte cara… en empastes.
Lo sensato suele ser esto: pasta con flúor + fórmula simple + evitar ingredientes con debate endocrino cuando sea posible.
Aun así, si tu objetivo es reducir exposición cotidiana a ingredientes debatidos, en pastas de dientes suele ser relativamente fácil: evita triclosán, limita parabenos si aparecen, elige fórmulas sencillas y mantén el flúor.

